Hampi Celestial 

Escrito por DAVID JENKINS

Casi nada en esta vida es perfecto, dice un amigo mío que ha viajado mucho. Sin embargo, para él Hampi es lo más cercano a la perfección.

Es difícil no estar de acuerdo. Un río serpentea a través de las cautivadoras formaciones rocosas de la región, el color del granito variando entre tonos de gris desértico, café dorado y rosa. Platanales y plantíos de arroz crecen frondosos; leopardos, osos perezosos, cocodrilos y nutrias habitan la jungla virgen; se puede practicar el mejor rock climbing de toda India. Además por sí solo, Hampi, salpicado de peñascos surrealmente majestuosos y rocas primaverales, es hogar de 550 deslumbrantes monumentos que datan del siglo XVI y XVII –desde templos y pabellones hasta establos de elefantes y palacios lujosamente esculpidos– de Vijayanagar, las ruinas de la Ciudad de la Victoria. Lo mejor de todo es que en esta mezcla de lo natural y lo creado por el hombre se respira una serenidad que es sumamente atrayente.

¡Debes merodear! Es tentador –pero una trampa y una ilusión– tratar de hacer demasiadas cosas en India. Has avanzado mucho; este templo se ve extraordinario, no puedes perderte esa mezquita, y ¡mira! –en el mapa no están a mucha distancia. En el mapa no, en tierra firme a menudo pasas horas de horas entre una cacofonía de claxon y de esquivar milagrosamente a peligrosos camiones viajando a toda velocidad, o al igual que mi compañero de viaje, te quedas atascado en una autopista nacional en un letárgico acoplamiento de vacas sagradas. Pero, ¿para qué apurarte una vez que has llegado a un lugar tan extraordinario como Hampi? Tómate una semana para deleitarte con la absoluta rareza del paisaje y pensar en los milenios de erosión que fueron necesarios para producir tan delirante vista, y aún más tiempo para maravillarte ante la destreza con la que el granito ha sido labrado y cómo ha tomado forma de la mano de arquitectos y escultores anónimos.

Ahí está Hampi, a ocho kilómetros, del lado sur del estrecho desfiladero por la cual serpentea el río Tungabhadra. Se dice que Dioses y Diosas han jugueteado por esos alrededores, al igual que el dios mono Hanuman, a cuyo templo en la orilla norte se llega luego de ponerte a prueba ante 465 escalones. Miles de peregrinos hindúes llegan aquí cada año para venerarlo y sumergirse en las aguas sagradas.

Oscilando en un eje de misticismo, el espléndido complejo del templo Vitthala tiene una cuadriga de piedra, y columnas que emiten notas musicales al toque más ligero. El templo de Achyutaraya, imponente cuando visto desde lo alto de la colina, es uno de los tantos que contiene, usando las palabras de mi guía, esculturas ‘indecentes’: usualmente mujeres extravagantes en poses impúdicas, y en este caso un hombre satisfaciendo el placer de una bestia. Hay placeres fortuitos: un tanque (o depósito) cerca del templo de Krishna que es hipnóticamente hermoso y casi nunca visitado; un mandala hecho de lingams (o falos de piedra) miniatura esculpidos en el granito. Toma un coracle (barquilla de cuero) hacia el encantador Anegundi; una aldea apacible con sus propias ruinas y, según me dicen, excelentes casas de huéspedes administradas por la organización comunitaria Kishkinda Trust, o camina por las plantaciones de banano detrás del templo de Achyutaraya y a lo largo del canal; en 45 minutos de caminata solo via una niña pastoreando cabras y a dos pescadores sumergidos hasta el pecho en el agua. Deja un poco de tiempo para visitar (otra vez en coracle) el templo de Chandramouleshwara, en la orilla norte, que ha sido restaurado por el Fondo Mundial para el Patrimonio Cultural (Global Heritage Fund) y desde donde la vista es espectacular.

Entonces, ¿qué tiene de imperfecto este idilio? En realidad dos cosas: diyeridús y el cruce por el río en un desvencijada lancha motora que se tambalea entre las orillas norte y sur. Esto, por supuesto, no debe preocuparle al viajero alojándose en el Boulders Resort al otro lado del río; después de un día de excursiones te llevarán en carro desde la orilla norte pasando por el campamento de las considerablemente más decentes casas de huéspedes que se han levantado ahí. Pero he ahí el problema, ya que la última lancha que va de Hampi hacia la orilla norte sale a las seis de la tarde. Perderla significa hacer un viaje de casi dos horas de regreso a Hampi.

Pero si tomas la lancha de las 6 significa privarte de una gran sorpresa del paisaje de Hampi; el atardecer desde la cumbre de la colina Matanga, una escalada de 30 minutos. Ahí hay un templo dilapidado, y un chai-wallah (un artesano del té), y una vista panorámica que esclarece toda la disposición de lo que era Vijayanagar. La noche de Hampi también tiene sus deleites. El horario fijo de salida del bote también significa que te pierdes de los banquetes masivos de los peregrinos hindúes, reunidos alrededor de ollas de arroz al pie de sus destartalados buses.

Una solución es quedarse una o dos noches en el hotel Mayura Bhuvaneshwari en Kamalapuram a cinco kilómetros de distancia. Podrías (y de hecho deberías) sentarte horas de horas en el balcón de tu cabaña escuchando el rumor del río y ver como la luz baña las desordenadas rocas derrumbadas. Deberías abrirte paso a través de las rocas y sobre los puentes, observando las cascadas desde lo alto. Deberías explorar de primera mano la vida de de las aldeas cercanas. Y deberías observar a los acres de bien conservada vegetación a tu alrededor. Y deberías hacer lo que mi compañero de viaje y yo hicimos una noche que nos llevaron en carro a través de las plantaciones de arroz a un lago que desembocaba en el río. Un peñasco se levantaba detrás de nosotros y la quietud de la noche era absoluta. Dos martín pescadores planeaban sobre el agua, su plumaje verde iridiscente. De vez en cuando se lanzaban tras su presa, de vez en cuando una garza aparecía y se posaba sobre un árbol seguida de unos cuantos bulbules. El sol se empezó a poner. Más y más grasas llegaron y de pronto un escuadrón de ellas voló hacia nosotros, centellando a unos pocos centímetros sobre el río, disparándose hacia el cielo y luego lanzándose en picada a colonizar los árboles. Durante diez o quince minutos, permanecieron en bandada, maravillosas y misteriosas, en uno de los lugares más hermosos en los que he estado. Sólo puedo describirlo con una palabra: mágico.

Publicación original: Heavenly Hampi.

Esperamos que nuestros lectores hispanohablantes disfruten esta publicación!

Jordy & Nass

 

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