Vida citadina: Praga!

Escrito por BEN LERWILL

Un soleado día de verano, los dos guardias del castillo marchan firmes por los adoquines de Praga. Centenares de turistas buscan la sombra para huir del sol canicular. Los guardias se aglomeran cerca de sus garitas y se detienen de cara frente al sol. Llevan chaquetas celestes, camisas tipo polo blancas, gorras con visera y gafas de sol. Y ahí permanecen, tan erguidos e inmóviles como el castillo que se levanta detrás de ellos, mientras las cámaras de los teléfonos los enfocan y los helados gotean manchando de vainilla la plaza real.

Hace un año, el castillos de Praga – aún entonces la residencia oficial del presidente – fue víctima de una audaz forma de activismo. Tres artistas locales, disfrazados de limpiachimeneas arriaron la bandera presidencial de su hasta en la terraza del castillo y la remplazaron con un gran par de boxers rojos. Los calzones escarlatas ondeando con la brisa Checa fueron un reproche bastante mordaz contra el líder, quien, unos meses antes había sido bombardeado con huevos. Adónde ha quedado la discreción de los eslavos!

Praga conoce bien cómo lidiar con las vicisitudes de poder. La ciudad ribereña –en casi todos los aspectos una de las más hermosas de Europa– ha experimentado el ser capital tanto del Sacro Imperio Romano como del Imperio de Habsburgo, y tuvo que sufrir las ocupaciones Nazi y Soviéticas, siendo testigo de más derrocamientos, medidas severas, riñas religiosas, que cualquier otra nación pueda soportar. ¿Y estos días? Millones de visitantes siguen convergiendo en los bares y en el barroco casco antiguo, pero la ciudad no se deja etiquetar. […]

La época en la que la capital checa era vista como un eslogan de fines de semana de tour para jóvenes está desvaneciendo. Lejos del centro de la ciudad antiguos molinos se han convertido en galerías privadas, puestos de comida callejera han empezado a florecer y las antiguas bodegas    han sido reinventadas para dar paso a espacios de oficina o de delicatessen artesanales.  Es un cuento familiar, por supuesto, pero no uno que pueda ser fácilmente descartado como moda pasajera. Incluso en las terrazas de los restaurantes de las plazas más tranquilas del casco antiguo de la ciudad, se respira un ambiente más elegante y relajado que en días pasados.

En la orilla del río Moldava, el mercado está en su máximo esplendor el domingo por la mañana. Se mezclan jugos naturales, se prepara trucha de río, se cortan quesos de granja. A pocos minutos a pie hacia el norte, entretanto, el puente de Carlos desborda de músicos callejeros y peatones. La luz del sol inunda la escena.

charles bridgeEl puente es una de las atracciones de Praga que no se puede dejar de visitar, una estructura adoquinada de 500 metros de largo flanqueado de estatuas barrocas y selfie-sticks sostenidos en alto. Los habitantes de la ciudad han circulado por sus arcos por más de seis siglos y, convenientemente, el hombre de quien el puente recibe su nombre es aún considerado por muchos el padre de la nación. El rey Carlos IV era reconocido por su patrocinio de las artes y la cultura y, habiendo sido educado en París, es responsable de haber introducido las tierras checas a uno de sus placeres menos conocidos; el vino.

“La mentalidad acerca del vino es diferente a la de la cerveza,” dice Roman Novotny, el joven sommelier de la vinoteca Bokovka mientras sirve un vaso de vino blanco de Moravia.  “Una vez salí a almorzar con cuatro amigos, todos ellos bebían cerveza. Yo pedí vino y ellos empezaron a decir: ‘¿Es en serio? ¿Alcohol por la mañana?’ –y hablaban en serio! Pero últimamente Praga está cambiando, nuevos hábitos se están desarrollando. Es por lo que a la gente le atrae venir aquí […]”

Una de las bendiciones de visitar Praga en una ola de calor es que la ciudad tiene muchos espacios verdes. Entre la extensión de la ciudad de altos techos rojizos y ápices góticos se alzan varias lomas frondosas sobre el paisaje urbano.  Es sobre una de estas –un suave montículo de área verde conocido como Riegrovy Sady– que me siento y contemplo la ciudad una tarde.

A lo lejos, entretanto, es posible identificar un gran péndulo rojo balanceándose de un lado a otro en una ladera más arriba del río. Es la primera vez que reparo en él. Cuando pregunto en los alrededores obtengo la historia. Sucede que el metrónomo de Praga ha ocupado ese lugar desde 1991 como una instalación artística. Es más, ocupa el lugar preciso donde una estatua de 17,000 toneladas de Stalin se irguió alguna vez. Hoy en día –como lo ha hecho por más de 25 años– inspecciona la ciudad marcando el pasar del tiempo.

De regreso al castillo de Praga, los guardias siguen inmóviles bajo el canicular sol, haciendo un admirable trabajo al mantener el semblante imperturbable mientras la gente posa para las fotos a su lado. Pero para uno de los guardias parece que el esfuerzo causado por el clima empieza a hacerse notar. Detrás de sus gafas tiene la expresión concentrada de un hombre a quien, al finalizar su jornada de trabajo, no le importaría en lo absoluto buscar un lugar para beber.

Publicación original: City Life: Prague!

Esperamos que nuestros lectores hispanohablantes disfruten esta publicación!

Jordy & Nass

 

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